Alteridad y Encuentro Terapéutico – por Javiera Falcone C.

Alteridad y Encuentro Terapéutico

Javiera Falcone C.

javiera falcone@gmail.com

Introducción

Revisaremos primero la noción básica de encuentro terapéutico en la mirada de la psicología analítica vinculado a una reflexión de alteridad. Posteriormente, exploraremos la idea de símbolo como lenguaje de lo psíquico y su aporte en la comprensión clínica de los pacientes. Finalmente, intentaré una integración que se concentra en la discusión sobre cómo enfrentar lo desconocido en el encuentro psicoterapéutico y el valor del símbolo en esta aproximación.

El encuentro terapéutico como cualquier encuentro humano incluye aspectos perceptibles y otros ocultos. En la totalidad de ese espacio curativo confluyen dos niveles psíquicos, lo consciente y lo inconsciente, lo conocido y lo desconocido; de la misma forma en que convergen dos dimensiones relacionales, la que considera al otro en su totalidad y la que percibe al otro en sus aspectos proyectados.

La psicología analítica enfatiza el encuentro terapéutico en el vínculo total, es decir, el espacio consciente e inconsciente que construye paciente y terapeuta. Desde una mirada de alteridad, en donde uno y otro tienen igual posibilidad de expresión, el encuentro terapéutico es una dialéctica creativa que frente al otro no se restringe. Para la psicoterapia y cito a Jung es necesario dar “al otro la ocasión de exponer su material de la manera más completa posible, sin limitarlo con mis presupuestos”.  (Jung, 2006, pág. 9).

Este intento por comprender al paciente desde la total ignorancia de presupuestos, remite a la relación que se tiene también con lo inconsciente, donde tampoco hay un saber certero de lo que se está percibiendo y apreciando.

 

Encuentro Terapéutico y Alteridad

La psicoterapia ha sufrido a lo largo de la historia múltiples transformaciones y re-definiciones. Desde la definición de su objetivo como técnica, a las reglas que la protegen del peligro de desvirtuarse; todo esto en enfoques teóricos diferentes que multiplica el número de transformaciones.

Una de las cuestiones que Carl Jung buscaba en la psicoterapia era una mutua colaboración, entre terapeuta y paciente, porque la terapia no consigue ser una técnica que pueda ser empleada de forma estereotipada, como decía Jung hay que “admitir la posibilidad de interpretaciones diferentes del material empírico” (Jung, 2006, pág. 7) otrogándole de este modo un carácter único al encuentro terapéutico.

James Hall propone el concepto de campo transformativo (1995) donde hace referencia al diagrama que Jung formula para dar cuenta de la dinámica psicológica analítica. Al igual que en el vaso alquímico el campo transformativo es el espacio donde paciente y terapeuta ejercen influencias entre sí, con miras a la curación. Es un campo transformativo “porque (cito a Hall) invariablemente el analista se transformará junto con el analizando” (Hall, 1995, pág. 79). De esta forma, se da una mutua influencia que tiene distintas direcciones: entre conscientes, de lo consciente de uno a lo inconsciente de otro y viceversa, de lo consciente a lo inconsciente de sí mismo y viceversa, y entre inconscientes.

De esta forma, la invitación es al diálogo y a la apertura hacia el Otro abandonando la búsqueda cerrada de lo que se cree que hace falta para lograr la cura porque, de ese modo, aplico un procedimiento masivo que nubla la mirada hacia la individualidad del paciente. Y el campo transformativo muestra algo mucho más amplio, lo que ocurre en psicoterapia tiene que ver con lo que en el diálogo emerge por una parte, pero también se está en relación, intentando estar presente en esa temporalidad, comprendiendo lo que ocurre en el devenir del proceso; ya no desde un método que busca la causa o el origen -porque ello margina otras dimensiones de la relación.

Desde una comprensión dada simbólicamente es posible respetar la unicidad de uno mismo y el otro en la medida que la comprensión del símbolo permite leer lo psíquico en la particularidad de quien lo concibe.

Resulta natural desde esta mirada que el terapeuta deba circunscribir a un procedimiento dialéctico, cito a Jung “el terapeuta ya no es el sujeto agente, sino uno más de las personas que participan en un proceso individual de desarrollo” (Jung, 2006, pág. 12). Sin embargo, esto último puede generar bastante incomodidad porque el lugar de terapeuta es también el de un profesional que posee un saber, su ego consciente tiene la responsabilidad de los límites, del guía y con ello se instala una posición asimétrica en la relación terapéutica que conlleva ventajas difíciles de desechar en particular cuando ocurre algo inesperado en el proceso. Pero mirado desde una lógica de alteridad y no de autoridad, la dialéctica indica una valoración distinta del otro y su misterio. Dos miradas que habría que conjugar.

Suspender la incesante búsqueda de la lógica causal, de la explicación lineal e irreversible que conlleva prejuicios, presupuestos y una orientación categorial, es un desafío para el terapeuta frente a cualquier paciente. Porque la lógica lineal acompaña cotidianamente nuestra consciencia y si bien su valor es indiscutible en el desarrollo y comprensión de lo humano, en un contexto terapéutico la mayor tarea es otra.

Situarse “sin memoria y sin deseo” como lo planteaba Bion (1970) permite obtener la libertad necesaria de la atención para captar la emergencia de lo desconocido. La cuestión está en que un procedimiento puramente dialéctico como dice Jung “evita todos los métodos” (Jung, 2006, pág. 11) porque reconoce esa multiplicidad de interpretaciones frente a los contenidos que simbólicamente son expresados por el paciente. Se detiene el intento por entender anticipadamente y ordenar el material en una historia comprensible, se detiene la categorización y aparece la atención, la tranquilidad que permite la aceptación de la escucha.  Aunque posteriormente sea necesario ordenar.

La captación del Otro viene de la consideración de lo cíclico y atemporal de la vida porque en ello está el misterio de lo que aún no ha sido nombrado, de lo virtual y arquetípico que, en lenguaje simbólico, permite introducirnos en el Otro. Ya no como un agente, sino como otra personalidad, que pregunta y responde, que se transforma y se afecta en el encuentro; Hall decía “la curación de las heridas de otros tiene un efecto terapéutico reciproco en las propias lesiones dolorosas” (Hall, 1995, pág. 79).

La idea de la mutua colaboración resulta obvia cuando tomamos consciencia que el trabajo que realizamos es con Otro. Pero la inmediatez, que se caracteriza por la urgencia, esconde el sentido profundo del encuentro terapéutico. El encuentro habla de unión y, en la multiplicidad de interpretaciones, la única vía posible es una que permita el respeto por el proceso que re-une opuestos.

 

Los símbolos en la psicoterapia

El encuentro terapéutico es un encuentro con el misterio, lo desconocido de otro. No se tienen certezas; solo palabras, actitudes y comportamientos que simbolizan lo que el paciente está siendo. Y con simbolizar no se hace referencia a la abreviación de una cosa en el sentido semiótico como decía Carl Jung, por el contrario, es “la formulación más clara y característica que por el momento puede hacerse de una cosa relativamente desconocida” (2000, pág. 554).

Lo inconsciente, al igual que el otro, es insondable. Y el encuentro terapéutico se da en esa dimensión también. De ahí la importancia de una dialéctica que permita abrirse camino a símbolos vivos que aun no despliegan su sentido. Porque son símbolos de otra cosa, de algo que resulta indescifrable en su primera impresión. En estos símbolos vivos es posible incorporar lo insondable en la medida que no requiere otro lenguaje para ser percibido, se aprecia en su carácter inconsciente, intuitivo y misterioso. No requiere traducción explicativa, se perciben simbólicamente y en movimiento.

Recordemos que el concepto de símbolo, y tomando la ordenación de Mario Saiz, en su etimología -symbolon-symbálein- significa reunir y desde la etimología alemana obtenemos que sinn es sentido y bild es imagen (Saiz, 2011), por tanto, se define símbolo como la vivencia de reunir sentido e imagen. Los símbolos, por lo tanto, no se traducen en lo inmediato, como una forma de entender y explicar al paciente; los símbolos y su proceso de elaboración permiten un tránsito más lento que profundiza en cada paso el sentido de la vivencia, permite extender un puente entre lo consciente y lo inconsciente, los símbolos son y cito a Jung la “más alta expresión posible de lo presentido y aun no sabido” (Jung, 2000, pág. 557).

La relación del ser humano con los símbolos es antiquísima, muchos tenemos la experiencia de estar ante un fenómeno que significa más cosas que las que dice. Aunque también está la posibilidad de entender un fenómeno cierto tal como es dado, desconsiderando una expresión de algo desconocido también en ese fenómeno (Jung, 2000).

De esta forma, y frente a cada paciente, es posible captar que la explicación a ciertos fenómenos y conflictos simbolizan algo que no se tiene claro -y eso es independiente del interés intelectual que se despierta en el terapeuta o de la búsqueda de un entendimiento de la historia del paciente. El énfasis que quiero dar está en la posibilidad de captar o reconocer el carácter simbólico de algunos fenómenos que abren un camino frente al misterio que representa el Otro y lo inconsciente. Carl Jung decía que, en una actitud simbólica hay una “determinada visión del mundo, la cual atribuye, en efecto, un sentido a los acontecimientos, sean grandes o pequeños, y pone en ese sentido un cierto valor, que es mayor que el que pone en la pura facticidad” (Jung, 2000, pág. 557).

En el marco de la psicoterapia, consideraremos de gran relevancia la actitud simbólica porque y cito a Jung no “subordina el sentido a los hechos” (Jung, 2000, pág. 557). La importancia de lo anterior es que hay una participación de lo inconsciente, una consideración de lo oculto también, que complementa a la consciencia y engendra algo nuevo. El símbolo, y en palabras del mismo autor “(…) está compuesto no solo de datos de naturaleza racional, sino también de los datos irracionales de la pura percepción interna y externa” (Jung, 2000, pág. 559). Podríamos entender que el símbolo revela una creatividad de carácter inconsciente ligado a una idea consciente, por eso Jung le otorgaba un carácter unificador.

Un acercamiento simbólico que incluye lo conocido y lo misterioso como caras de una misma moneda, respeta la unicidad del Otro a la vez que da lectura a los dos polos de la vivencia. Carlos Byington (2006), nos ayuda en esta idea al plantear el concepto de símbolo como englobando todas las polaridades psíquicas, de modo que “todo en la Psique es símbolo, cuyos significados unen la parte con el Todo” (pág. 19).

Una joven paciente muy inhibida y desdibujada tras sus padres, en una ocasión, y con el fin de explicar lo que ella sentía en su rol de hija, comentó ser un “soldado: que obedece pero igual decide”. Este soldado representaba para ella sus dos actitudes, el obedecimiento y junto con ello la pasividad, a la vez que aparecía su anhelo de tomar decisiones y revelarse. Sin embargo, estábamos ante un símbolo que guardaba más riquezas, más significados, y que con el tiempo permitió profundizar en la encrucijada que significaba obedecer a dos generales. Ella fue descubriendo como el soldado estaba en primera línea de fuego y las armas con las que contaba, mataban toda relación posible.

Más allá de la lectura fáctica que podemos hacer del soldado, simbólicamente el soldado tenía muchos aspectos por develar aun. Razón por la cual, nunca se cerró el significado que éste tenía en la vida de la paciente, acompañó su terapia por mucho tiempo ayudándola en la profundización de sus conflictos actuales, y en cada ocasión, revelaba un sentido distinto.

Una ventaja de esta concepción simbólica de la psique es que permite trabajar con lo abstracto y lo concreto a la vez, con lo consciente e inconsciente, con el movimiento de lo objetivo y subjetivo, de lo racional e irracional. El sentido y el valor que se le otorga a los acontecimientos permiten ver al Otro desde un diálogo que no cohíbe ni restringe la insondable y misteriosa profundidad de lo no visto.

Nos encontramos así con la función trascendente, esta función psicológica que habla de la unión de lo consciente e inconsciente, que nos lleva a superar, en un movimiento progresivo, la oposición entre una ley externa y otra interna. Como dice Rosemary Gordon, “reúne pares de opuestos, los sintetiza y construye puentes entre ellos”. (2013, pág. 192). De este modo, se legitima al yo y lo inconsciente. Lo subjetivo y lo objetivo.  Habría que destacar que mientras los opuestos se mantiene alejados no surge un conflicto, es en la aproximación o en la confrontación que aparece lo nuevo. En palabras de Jung: “La confrontación de las posiciones supone una tensión cargada de energía que engendra algo vivo, una tercera cosa” (Jung, 2004, pág. 93).

El Otro misterioso, y el espacio común de lo inconsciente

Si se hace una retrospectiva al campo de la filosofía Occidental se puede establecer grosso modo toda una discusión y reflexión que ha girado en torno al camino que se debe recorrer para llegar a la verdad y al saber. En este punto resuena de modo atractivo un espacio crítico a la filosofía Occidental por intentar reducir toda experiencia y su sentido, como si la conciencia abarcara el mundo completo (Lévinas, 2000). Emmanuel Lévinas -fenomenólogo contemporáneo del S.XX- se abre a la discusión filosófica respecto a las nociones del Mismo y el Otro, pues en la totalización de las realidades y los fenómenos mediante el Mismo lo que se logra es ubicar, situar y conocer fácilmente; con esto ponemos fin al misterio y el secreto (Castro, 2009). Aparece la pregunta sobre si ¿El Mismo actúa como una consciencia que reduce la experiencia de lo Otro?

Este filosofo[1], y tomando su lenguaje, cuestiona al Mismo como una noción de pura Identidad que acalla la diferencia, y procura hacer “hablar” las nociones de alteridad, entregándole un estatuto particular y único al Otro, no desde un criterio de semejanza que anula toda diferencia. Se pretende salir de la pura pregunta ontológica por el ser porque ese ejercicio solo hace perseverar en el propio ser, anulando al Otro en su irrupción y posibilidades.

Ahora bien, lo interesante al presente artículo de esta discusión filosófica que instala la corriente levinasiana -que solo se logró esbozar- es que logra cimentar un nuevo lugar al Otro ya no desde la semejanza, ni de la Identidad del Mismo. Más bien gira la cuestión hacia la importancia del encuentro cara a cara con el rostro de Otro. Este Otro –filosófico y no psicológico- se encuentra separado del Mismo: en un encuentro cara a cara el otro es indiscernible, irreductible, se escapa a la aprehensión. El Otro bajo su rostro me interpela, me reclama y me llama a responder, más allá de nuestra apreciación, opinión, deseo, etc.; aquí se enfatiza cómo la presencia de Otro es ajena a la propia percepción y necesidad; existe un rostro aparte de uno mismo, y se constituye como misterioso.

Con esta pequeña revisión se intenta salir de la mirada netamente psicológica del Otro y mirar desde la amplitud que entrega la filosofía las cuestiones sobre el Ser, el Mismo y el Otro ya que muestra un origen de la problemática en revisión. Nos recuerda que el Otro no está en nuestra mirada.

En el campo de la psicología, y de una forma general, se comprende al Otro como una representación, una imagen interna que, si bien viene desde afuera -porque de hecho el Otro está en el mundo externo- se enfatiza como representación propia cuando se conjetura lo que el Otro piensa, siente o desea.

Desde el rol de expertos terapeutas, hay siempre un intento por ayudar, buscamos y pensamos lo que el Otro requiere. ¿Con que frecuencia mantenemos la certeza que el Otro siempre contendrá un misterio? Hay dos dimensiones entonces que no se deben confundir, la relación que yo establezco con el Otro real considerado más allá de lo que está en mí, por lo tanto misterioso, y la relación que yo establezco con mi percepción del Otro donde convergen las propias proyecciones, necesidades y deseos.

En este sentido, Jung es enfático cuando dice que “el médico y el paciente se encuentran en una relación basada en la inconsciencia común” (Jung, 2006 p.170). No se sabe qué ocurre o qué sucede entre los dos realmente; hay una escucha desde lo que esa consciencia dice pero, eso es una pequeña parte; no porque la consciencia sea pequeña sino más bien porque la psique es tanto más profunda y compleja de lo que el lenguaje puede transmitir y la mente comprender.

En este escenario, donde el Otro viene de otro lugar, la idea que tenemos de él es sumamente relevante en tanto orienta el proceso terapéutico, en palabras de Jacoby “tanto el diagnóstico como la interpretación y la forma en que A (el analista) evalúa el material de P (el paciente) se basan en sus propios sentimientos y percepciones”. (Jacoby, 2005, p.46).

Cuando en la respuesta que el Otro nos interpela dar, se da por sentado que la síntesis lograda es su realidad, se arriesga a forzar una interpretación que lo fija conceptualmente. Por el contrario, si la respuesta propone e indaga en lo pensado, sentido y percibido sobre el Otro, se mantiene el movimiento que intenta dialogar con su subjetividad permitiendo el surgir de nuevos significados, y por lo tanto, invita a una transformación.  En la vivencia del mundo las personas necesitamos de la psique total para comprender la generalidad, y no solamente el orden o la categoría que la consciencia nos entrega, esa ilusión de normalidad que dice como debemos vivir. En la actual sociedad, donde el individuo funciona con una consciencia dirigida, la separación con lo inconsciente es excesiva. La consciencia puede terminar actuando en forma unilateral, sin dejar paso a aquellos contenidos que están por debajo de su umbral.

Aun cuando se sabe de las proyecciones y aspectos constelados entre la figura del terapeuta y el paciente, esos aspectos son siempre inconscientes, y aunque algunos devengan conscientes, siempre el encuentro se transforma en un enigma de aspectos percibidos y otros ignorados. “El encuentro analítico se puede convertir en algo tan complejo como cualquier relación íntima”  (Jacoby, 2005. p.24).

Como terapeutas siempre está la posibilidad de verse enfrentado a la activación de contenidos inconscientes que no aparecerían si no fuera por el trabajo con un paciente en particular. En la transferencia y contratransferencia hay aspectos de la relación que son siempre nuevos, ante cada nuevo paciente. Bien sabemos que, el Otro puede ser portador de mis proyecciones; o podemos establecer una relacion genuina con Otro en la medida que me relaciono con todo lo que ese Otro es, entendiendo que cada día aparece algo nuevo, algo que no habiamos visto.

Un ejemplo: Un paciente de mediana edad llegó a consultar por la enorme tristeza que sentía al estar completamente solo. No tenia pareja ni hijos, y no lograba ninguna relacion confortante que calmara su soledad. Sus amistades le escapaban y sus pretendientes no cumplían con sus exigencias. No había nada amoroso en su vida y el tampoco era amoroso conmigo. En una sesión inicial comentó acerca de su experiencia con la programación neuro-lingüística y quize indagar para ver lo que buscaba en ella, a lo que me contestó: “lo lamento pero yo no vine a perder el tiempo ni la plata a explicar cosas que sé de memoria, lo siento pero no vengo a enseñar”. Quedé tan sorprendida y tan atemorizada con su antipatía que pensé rapidamente en lo dificil que iba a ser este proceso. El me mostraba su peor cara y a mi me costaba sentir su tristeza. Al final de esta sesión, cuando su queja ya se hacia circular, sin pensar dije “el mapa no es el territorio”. Estaba tan cansada de su lamento interminable que habia dejado de escuchar y divagaba en mi pensamientos. El me abrió los ojos tan grandes que me di cuenta que probablemente yo estaba sintiendo lo mismo que las personas a su alrededor sienten frente a el. Me incorporé y le pedi disculpas por interrumpirlo, el terminó su historia y ahora si comencé a sentir su tristeza, comprendiendo como se vivencia el temor y la huida frente a el, y su egolatría.

En la contratransferencia se esta en un nivel de relación que no considera al Otro en su totalidad, y ese límite es responsabilidad del analista. Cito a Hall “el analista asume una responsabilidad mayor al enfrentarse con la actividad de su propio inconsciente, a fin de crear un espacio libre y protegido donde el analisando pueda vivenciar con seguridad el material incosnciente que esta reprimido” (Hall, 1995, pág. 78).

 

Discusión

            La necesaria práctica de pensar sobre el Otro, intentar comprender lo que siente, advertir lo que le incomoda, etc; es peligrosa cuando se concibe como un saber certero, quedando ese Otro incluido en uno mismo y negado en su propia subjetividad. Respetar al otro como ser único y uno, significa una consideración del Otro total, en su dimensión consciente e inconsciente.

En el proceso de terapia se realiza un viaje en el cual se está en todo momento profundizando en lo inconsciente, y comprendiendo la relación entre paciente y terapeuta en aquellos aspectos visibles e invisibles. Hay elementos inconscientes que nos impelen a sentir y actuar de cierto modo sin tener consciencia de lo que significan. En terapia va a ser posible develarlos en la medida que se esté abierto a los símbolos y significados de la experiencia que se generan en la relación terapéutica, porque apuntan a la vivencia, al movimiento y al misterio.

Resaltando el respeto por la individualidad del Otro, Jung dice: “en la medida que la individualidad es un hecho que no podemos pasar por alto, la relación médico-paciente tiene que ser un proceso dialéctico” (Jung, 2006, pág. 13). Esta afirmación va más allá de considerar buenas o malas las técnicas o métodos utilizados en psicoterapia, sino que nos recuerda la particularidad del otro, la subjetividad y cómo los elementos develados en terapia no son unívocos. La dialéctica evita los métodos, renuncia a los presupuestos, porque “lo individual es único, imprevisible e ininterpretable” (Jung, 2006, p. 11).

Surge una pregunta ¿Qué hace el terapeuta junguiano para la comprensión psicológica?

 La valoración que hacemos de nuestros pacientes, más allá de la relación transferencial y contra transferencial, permite una vinculación humana que, después de todo, es la búsqueda más básica en cualquier individuo. Ese vínculo humano es real cuando se respeta la unicidad de uno mismo y el otro, aceptando el misterio y dando a lo desconocido la posibilidad de expresión. Ayudamos de este modo a que nuestros aspectos invisibilizados, y odiados, sean recursos humanos.

Para finalizar recordar la relevancia que para lograr una relación humana con cada paciente, en el marco de lo que se ha planteado, es absolutamente necesaria la exploración de uno mismo. Cito a Jung:

“Podríamos decir, sin exagerar demasiado, que una buena mitad de cada tratamiento que explora en profundidad, consiste en que el doctor se examine a sí mismo, porque sólo aquello que puede corregir en si mismo puede esperar corregir en el paciente. No es una pérdida tampoco, si siente que el paciente lo está golpeando, o aún censurándolo: es su propia herida la que da la medida de su poder de sanación”. (Jung, 2006, pág. 118)

Javiera Falcone C.[2]

 

Referencias:

Bion, W. (1970/1974). Atencion e Interpretación. Argentina: Paidós.

Bovensiepen, G. (2002). Symbolic attitude and reverie: problems of symbolization in children and adolescents. Journal of Analytical Psychology, 241-257.

Byington, C. (2002). Envidia Creativa, El rescate de una fuerza transformadora de la civilización. São Paulo: Ed. Linear B.

Byington, C. (2006). Psicopatología Simbólica Junguiana. En M. Saiz, Psicopatología Psicodinámica Simbólica – Arquetípica. Montevideo: Prensa Médica Latinoamericana.

Byington, C. (2009). Psicología Simbólica Junguiana. Sao Paulo: Linear B.

Castro, B. (2009). Las posibilidades del Sentido y la Alteridad Radical. Daimon Revista Internacional de Filosofía, 48. 81-96.

Gordon, R. (2006). Symbols: Content and Process. Journal of Analytical Psychology, 23-34.

Gordon, R. (2013). Puentes. Santiago de Chile: Cuatro Vientos .

Guggenbühl-Craig, A. (1980). Eros on Crutches: Reflections on Psychopathy and Amorality. Dallas: Spring Publications.

Hall, J. (1995). La Experiencia Junguiana. Santiago: Cuatro Vientos.

Jacoby, M. (1990). Individuation and Narcissism: The Psychology of the Self in Jung and Kohut. London: Routledge.

Jacoby, M. (2005). El Encuentro Analítico, La transferencia y la relacion humana. México: Fata Morgana.

Jung, C. G. (1986). Aion, Contribuciones a los simbolismos del Sí Mismo. Buenos Aires: Paidós.

Jung, C. G. (2000). Tipos Psicologicos. Buenos Aires: Sudamericana.

Jung, C. G. (2001). Los complejos y el Inconsciente. Madrid: Alianza.

Jung, C. G. (2002). Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Madrid: Trotta.

Jung, C. G. (2004). La dinamica de lo inconsciente. Madrid : Trotta.

Jung, C. G. (2005). Psicología y Alquimia. Madrid: Trotta.

Jung, C. G. (2006). La práctica de la Psicoterapia. Madrid: Trotta.

Jung, C. G. (2009). La Vida Simbólica. Madrid: Trotta.

Lévinas, E. (2000). Etica e Infinito. Madrid: Balsa de la Medusa.

Saiz, M. (2006). Psicopatología Psicodinámica Simbólico-Arquetípica. Montevideo: Prensa Médica Latinoamericana.

Saiz, M. (2011). Seminario Psicopatología Simbólico-Arquetípica. Santiago: Universidad Adolfo Ibañez.

Solomon, H. (2007). The Self in Tranformation. Great Britain: Karnac Books.

Young-Eisendrath, P., & Hall, J. A. (1991). Archetypal Self: Knower and Known. En Jung’s Self Psychology (págs. 58-87). New York: The Guilford Press.

 

 

 

 

[1] Resulta interesante remitirse a la filosofía de Emmanuel Lévinas, fenomenólogo contemporáneo del S.XX, que su obra tiene alcances mayores que el mero registro ético del Otro. No obstante, podríamos decir que una línea central de su pensamiento es reflexionar las nociones de lo Mismo y lo Otro. Si bien su filosofía desentraña una complejidad mayor y no está en los objetivos de este artículo desarrollarlo en profundidad, remitimos a una obra del autor que puede ilustrar sus temáticas filosóficas, cf. Lévinas, E, Ética e Infinito, Madrid, Ed. Balsa de la Medusa, 2000.

[2] Javiera Falcone, es Psicóloga clínica, acreditada por la Comisión Nacional de Psicólogos Clínicos de Chile. Realizó sus estudios de postgrado en la Universidad Adolfo Ibañez, en el Magíster “Psicología Clínica, mención Psicología Junguiana” los años 2010-2011. Actualmente trabaja con jóvenes y adultos en procesos de psicoterapia, es docente universitaria y miembro del Comité Académico de la SCPA.  El presente trabajo nace en sus estudios de psicología analítica, es parte de sus tesis final de magíster, que ha seguido explorando y profundizando. 

Anúncios

Deixe um comentário

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logotipo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair / Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair / Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair / Alterar )

Foto do Google+

Você está comentando utilizando sua conta Google+. Sair / Alterar )

Conectando a %s